Entrevista a Eduardo Moga

«A cada libro se replantea su quehacer y la nueva página es, viene a ser, un inicio absoluto», escribe Túa Blesa. ¿Qué supuso de novedad un libro como Insumisión?

Es verdad que cada libro constituye para mí una aventura nueva y una propuesta formal que también aspiro a que el lector perciba como nueva. Dicho brevemente, pero con radicalidad: con cada poemario me planteo volver a aprender a escribir. Hacerlo de otro modo me resultaría terriblemente aburrido: escribir lo que ya he escrito, repetir lo que ya sé, es un latazo, para mí y, supongo, también para el lector. Por eso persigo alternativas, estructuras distintas, ritmos discrepantes, ámbitos de expresión extraños. No se me escapa que uno no puede escapar de sus obsesiones, ni, en buena medida, de su personalidad, y que tantos las unas como la otra influirán, y hasta determinarán, todo lo que haga. Eso será el estilo, me imagino, o, sin ir tan lejos, ese aire de familia que se puede rastrear en todos los libros que escribe un autor. Pero se trata de alejarse todo lo que uno pueda de lo ya hecho; se trata de quebrar el yo, de huir de uno mismo, para no quedar atrapado en la muerte que es la definición. En Insumisión quise conjugar el poema en verso y el poema en prosa de una forma violenta, sin concesiones, irreconciliablemente, incluso, o sólo reconciliados por su enemistad: el primero suponía la inmersión en el yo que llevo practicando desde que empecé a escribir, esto es, el espacio subjetivo, la dimensión claroscura de la conciencia, con sus esperanzas y sus miedos, con su incertidumbre y su agonía; el segundo se abría al mundo, al mundo sucio e inmediato de todos los días, para denunciar las tropelías de muchos, pero también para exponer el ejemplo de algunos, por su comportamiento y su lenguaje, limpios, significantes, verdaderos.

¿La inclusión de varios registros, de variedad de voces y de formas de escritura dispares, son un acto, también, de insumisión creativa, de reacción frente a un tipo de libro, digamos, más clásico?

Desde luego. La insumisión que reivindico en el poemario es de naturaleza múltiple: personal, política e histórica, lingüística y también artística. Me abruman la homogeneidad y la insulsez de tantos libros, en general, y de tantos libros de poesía, en particular. Uno abre cualquier volumen en los estantes de novedades de las librerías y le basta con leer algunos versos para darse cuenta de hasta qué punto la repetición y la insignificancia, la acomodación exangüe en la tradición o las modas, la falta de combatividad, ha vaciado de contenido a buena parte de la poesía actual. El espíritu reivindicativo y feroz del verso, su voluntad de encendimiento y de ruptura, ha de estar presente en la sociedad –y sobre todo en tiempos como estos–, aunque sea con las dimensiones microscópicas propias del género. La poesía, pese a su condición marginal, o quizá gracias a ella, tiene una capacidad de irradiación sorprendente.

insumisión

Como afirma José Ángel Cilleruelo,  «en Insumisión ya no hay un único poema, sino la excepcional ambición de construir un único poema con materiales irreconciliables». ¿Se trataba, entre otras cosas, de buscar cierta unidad a partir de elementos aparentemente enfrentados? 

La literatura, y el arte, en general, siempre han sido para mí una forma –la forma– de superar la insuperable sensación de que la vida es una condena, una experiencia no solicitada –como esos manuscritos que rechazan, por el simple hecho de serlo, las editoriales–, pero llena de sufrimiento, e incomprensible. Con la poesía me parece reducir –y, en algunos momentos felices, hasta anular– esa escisión absurda y lacerante: el verso, hasta el más irracional, hace que todo cobre sentido. Y me gusta trasladar a mi forma de escribir, de construir los libros –porque eso es lo que yo hago: libros, no poemas–, esa antítesis vital: que se fundan elementos muy alejados entre sí, o discordantes, como metáfora de la fusión con el ser a la que aspiro con la palabra. En Insumisión la contraposición ha llegado a un punto de insubsanabilidad absoluto, para reflejar las dificultades, personales pero también colectivas, a las que me enfrento hoy en ese combate constante con una existencia que no entiendo y con una muerte que cada vez me escandaliza más. Sin embargo, el libro mantiene su coherencia –o, al menos, eso he querido yo– gracias a una estructura que da amparo a todos los elementos que lo integran y a una reivindicación permanente de un lenguaje en el que haya verdad, y que sea vehículo de un pensamiento individual y una actitud ética no carcomidos por el discurso del poder. Este lenguaje, este pensamiento y esta moralidad pueden ser, también, muy heterogéneos: no me importa defender una sola forma de entender la vida, y la vida en comunidad –lo que constituiría otra forma de adoctrinamiento, parecida a tantas como detesto, y que denuncio en el libro–, sino aquellas que trasuden autenticidad, espíritu propio, dolor o alegría singulares, verbo suyo, latido ejemplar.

De nuevo el poema en prosa tiene una importancia capital en tu última escritura. ¿Qué crees que te ha aportado, creativamente hablando, un tipo de poema como este?

El poema en prosa me ha permitido un acercamiento diferente a la experiencia poética. No es una forma nueva –tiene, al menos, doscientos años de historia–, pero me sigue transmitiendo unas posibilidades revolucionarias, unos mecanismos de expresión, en mi opinión, más audaces y, a la vez, más naturales. El poema en prosa no se apoya, al menos en la superficie, en los mecanismos prosódicos de la poesía milenaria, y eso me obliga a buscar lo lírico en otras vueltas, en otros rincones de la dicción: ese desafío me ha permitido alcanzar formulaciones que, con un ritmo versal clásico, seguramente no se me habrían aparecido. Por otra parte, el poema en prosa conecta mejor con el espíritu líquido, menos pautado, de la contemporaneidad, y también con el propio flujo del pensamiento, que no conoce cesuras ni hemistiquios ni rimas, sino un solo desarrollo caótico y deshilachado, al que hay que poner orden, sí, para que pueda ser compartido, pero al que no hay que desposeer de su estricto tuétano vital, de cuanto lo vincula al latir de esa vida asimismo caótica y deshilachada en la que estamos sumidos. La literatura ha de acercarnos, con la menor intermediación posible, a la esencia del existir, a la realidad áspera y material del momento en que somos, del momento que somos. La literatura nos ha de permitir vivir más, ser más, y más genuinamente: esa es una de sus más altas finalidades y algo que, en mi experiencia como escritor, el poema en prosa me proporciona con mayor facilidad que el poema versal.

Uno de los referentes indiscutibles del poema en prosa, y también de tu poesía, es Juan Ramón Jiménez. Igualmente has hablado de Marcel Proust como otro de tus maestros literarios. ¿En qué medida intervienen en tu universo literario?

Son dos maestros indiscutibles. Juan Ramón Jiménez es el poeta más importante del siglo XX español, y uno de los más importantes de la lengua. Sus poemas Tiempo y Espacio, entre muchas otras obras suyas, constituyen un magisterio constante, porque materializan esa voluntad, que comparto, de fundirlo todo, de fluidificarlo todo, inconsútilmente, sin negar la realidad, antes bien, apropiándose de ella y transformándola en realidad verbal, en realidad metafísica. Su rigor en el enjuiciamiento de la poesía de su tiempo y su entereza moral, asumiendo sin fisuras un exilio muy doloroso, forman también parte de su ejemplo. En cuanto a Proust, ha sido la mayor experiencia literaria de mi vida: leí los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido con veintipocos años, y esa lectura me marcó para siempre. La capacidad de análisis, introspectivo y social, de Marcel Proust no tiene parangón, me parece, en la historia de literatura, como tampoco lo tiene la riqueza y la complejidad de su sintaxis: esa forma suya de hilvanarlo todo –lo que ve y lo que siente, lo que ansía y lo que recuerda- en una sola frase inacabable, casi eterna, pero siempre equilibrada, siempre aérea e incisiva, supone una forma extraordinaria de hacer eso mismo que pretendo yo: reunir las diferentes manifestaciones de la vida, de esa vida llena de frustración y de sinsentido que nos embarga, en una sola realidad trascendente, suscitada –y sostenida– por la poesía.

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