Entrevista a Eduardo Moga

«A cada libro se replantea su quehacer y la nueva página es, viene a ser, un inicio absoluto», escribe Túa Blesa. ¿Qué supuso de novedad un libro como Insumisión?

Es verdad que cada libro constituye para mí una aventura nueva y una propuesta formal que también aspiro a que el lector perciba como nueva. Dicho brevemente, pero con radicalidad: con cada poemario me planteo volver a aprender a escribir. Hacerlo de otro modo me resultaría terriblemente aburrido: escribir lo que ya he escrito, repetir lo que ya sé, es un latazo, para mí y, supongo, también para el lector. Por eso persigo alternativas, estructuras distintas, ritmos discrepantes, ámbitos de expresión extraños. No se me escapa que uno no puede escapar de sus obsesiones, ni, en buena medida, de su personalidad, y que tantos las unas como la otra influirán, y hasta determinarán, todo lo que haga. Eso será el estilo, me imagino, o, sin ir tan lejos, ese aire de familia que se puede rastrear en todos los libros que escribe un autor. Pero se trata de alejarse todo lo que uno pueda de lo ya hecho; se trata de quebrar el yo, de huir de uno mismo, para no quedar atrapado en la muerte que es la definición. En Insumisión quise conjugar el poema en verso y el poema en prosa de una forma violenta, sin concesiones, irreconciliablemente, incluso, o sólo reconciliados por su enemistad: el primero suponía la inmersión en el yo que llevo practicando desde que empecé a escribir, esto es, el espacio subjetivo, la dimensión claroscura de la conciencia, con sus esperanzas y sus miedos, con su incertidumbre y su agonía; el segundo se abría al mundo, al mundo sucio e inmediato de todos los días, para denunciar las tropelías de muchos, pero también para exponer el ejemplo de algunos, por su comportamiento y su lenguaje, limpios, significantes, verdaderos.

¿La inclusión de varios registros, de variedad de voces y de formas de escritura dispares, son un acto, también, de insumisión creativa, de reacción frente a un tipo de libro, digamos, más clásico?

Desde luego. La insumisión que reivindico en el poemario es de naturaleza múltiple: personal, política e histórica, lingüística y también artística. Me abruman la homogeneidad y la insulsez de tantos libros, en general, y de tantos libros de poesía, en particular. Uno abre cualquier volumen en los estantes de novedades de las librerías y le basta con leer algunos versos para darse cuenta de hasta qué punto la repetición y la insignificancia, la acomodación exangüe en la tradición o las modas, la falta de combatividad, ha vaciado de contenido a buena parte de la poesía actual. El espíritu reivindicativo y feroz del verso, su voluntad de encendimiento y de ruptura, ha de estar presente en la sociedad –y sobre todo en tiempos como estos–, aunque sea con las dimensiones microscópicas propias del género. La poesía, pese a su condición marginal, o quizá gracias a ella, tiene una capacidad de irradiación sorprendente.

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Como afirma José Ángel Cilleruelo,  «en Insumisión ya no hay un único poema, sino la excepcional ambición de construir un único poema con materiales irreconciliables». ¿Se trataba, entre otras cosas, de buscar cierta unidad a partir de elementos aparentemente enfrentados? 

La literatura, y el arte, en general, siempre han sido para mí una forma –la forma– de superar la insuperable sensación de que la vida es una condena, una experiencia no solicitada –como esos manuscritos que rechazan, por el simple hecho de serlo, las editoriales–, pero llena de sufrimiento, e incomprensible. Con la poesía me parece reducir –y, en algunos momentos felices, hasta anular– esa escisión absurda y lacerante: el verso, hasta el más irracional, hace que todo cobre sentido. Y me gusta trasladar a mi forma de escribir, de construir los libros –porque eso es lo que yo hago: libros, no poemas–, esa antítesis vital: que se fundan elementos muy alejados entre sí, o discordantes, como metáfora de la fusión con el ser a la que aspiro con la palabra. En Insumisión la contraposición ha llegado a un punto de insubsanabilidad absoluto, para reflejar las dificultades, personales pero también colectivas, a las que me enfrento hoy en ese combate constante con una existencia que no entiendo y con una muerte que cada vez me escandaliza más. Sin embargo, el libro mantiene su coherencia –o, al menos, eso he querido yo– gracias a una estructura que da amparo a todos los elementos que lo integran y a una reivindicación permanente de un lenguaje en el que haya verdad, y que sea vehículo de un pensamiento individual y una actitud ética no carcomidos por el discurso del poder. Este lenguaje, este pensamiento y esta moralidad pueden ser, también, muy heterogéneos: no me importa defender una sola forma de entender la vida, y la vida en comunidad –lo que constituiría otra forma de adoctrinamiento, parecida a tantas como detesto, y que denuncio en el libro–, sino aquellas que trasuden autenticidad, espíritu propio, dolor o alegría singulares, verbo suyo, latido ejemplar.

De nuevo el poema en prosa tiene una importancia capital en tu última escritura. ¿Qué crees que te ha aportado, creativamente hablando, un tipo de poema como este?

El poema en prosa me ha permitido un acercamiento diferente a la experiencia poética. No es una forma nueva –tiene, al menos, doscientos años de historia–, pero me sigue transmitiendo unas posibilidades revolucionarias, unos mecanismos de expresión, en mi opinión, más audaces y, a la vez, más naturales. El poema en prosa no se apoya, al menos en la superficie, en los mecanismos prosódicos de la poesía milenaria, y eso me obliga a buscar lo lírico en otras vueltas, en otros rincones de la dicción: ese desafío me ha permitido alcanzar formulaciones que, con un ritmo versal clásico, seguramente no se me habrían aparecido. Por otra parte, el poema en prosa conecta mejor con el espíritu líquido, menos pautado, de la contemporaneidad, y también con el propio flujo del pensamiento, que no conoce cesuras ni hemistiquios ni rimas, sino un solo desarrollo caótico y deshilachado, al que hay que poner orden, sí, para que pueda ser compartido, pero al que no hay que desposeer de su estricto tuétano vital, de cuanto lo vincula al latir de esa vida asimismo caótica y deshilachada en la que estamos sumidos. La literatura ha de acercarnos, con la menor intermediación posible, a la esencia del existir, a la realidad áspera y material del momento en que somos, del momento que somos. La literatura nos ha de permitir vivir más, ser más, y más genuinamente: esa es una de sus más altas finalidades y algo que, en mi experiencia como escritor, el poema en prosa me proporciona con mayor facilidad que el poema versal.

Uno de los referentes indiscutibles del poema en prosa, y también de tu poesía, es Juan Ramón Jiménez. Igualmente has hablado de Marcel Proust como otro de tus maestros literarios. ¿En qué medida intervienen en tu universo literario?

Son dos maestros indiscutibles. Juan Ramón Jiménez es el poeta más importante del siglo XX español, y uno de los más importantes de la lengua. Sus poemas Tiempo y Espacio, entre muchas otras obras suyas, constituyen un magisterio constante, porque materializan esa voluntad, que comparto, de fundirlo todo, de fluidificarlo todo, inconsútilmente, sin negar la realidad, antes bien, apropiándose de ella y transformándola en realidad verbal, en realidad metafísica. Su rigor en el enjuiciamiento de la poesía de su tiempo y su entereza moral, asumiendo sin fisuras un exilio muy doloroso, forman también parte de su ejemplo. En cuanto a Proust, ha sido la mayor experiencia literaria de mi vida: leí los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido con veintipocos años, y esa lectura me marcó para siempre. La capacidad de análisis, introspectivo y social, de Marcel Proust no tiene parangón, me parece, en la historia de literatura, como tampoco lo tiene la riqueza y la complejidad de su sintaxis: esa forma suya de hilvanarlo todo –lo que ve y lo que siente, lo que ansía y lo que recuerda- en una sola frase inacabable, casi eterna, pero siempre equilibrada, siempre aérea e incisiva, supone una forma extraordinaria de hacer eso mismo que pretendo yo: reunir las diferentes manifestaciones de la vida, de esa vida llena de frustración y de sinsentido que nos embarga, en una sola realidad trascendente, suscitada –y sostenida– por la poesía.

Entrevista a Isaac Rosa

¿Qué se puede encontrar el lector en La habitación oscura?

De entrada, lo que dice su título: una habitación oscura, un espacio cerrado y sin luz, donde un grupo de gente se busca, se encuentra y se relaciona. Y digo bien: de entrada, ya que la primera página es una invitación a abrir la puerta, descorrer la cortina y avanzar a ciegas. A partir de ahí, el lector descubrirá que la oscuridad está llena de imágenes, que la ceguera puede ser también una forma de lucidez, de ver lo que a la luz del día no vemos bien, de mirar con extrañeza a una normalidad que en realidad es monstruosa. Entonces el espacio físico de la habitación se convierte también en espacio metafórico, y ahí ya depende de cada lector, pues con esta novela más que con mis anteriores me encuentro con variadas y hasta contradictorias interpretaciones de qué significa todo lo que entra en juego en ella: la oscuridad frente a la luz, la invisibilidad contra la visibilidad, la identidad o el anonimato, el refugio o la trinchera, pero también el sexo, la comunidad, el consumo, la lucha política. Por otro lado, la habitación actúa como un personaje, y como tal cambia a lo largo de la novela, acusa el paso del tiempo, crece, se transforma, y sus cambios son reflejo de la descomposición exterior. Y por último, hay también una indagación formal a través no sólo de la oscuridad y sus posibilidades literarias, sino sobre todo de dos elementos: el espacio y el tiempo, ambos distorsionados en la oscuridad.

En la novela se reflejan con crudeza las consecuencias de esta crisis (a todos los niveles), pero especialmente señalas el nivel material. En el número 352 de nuestra revista (abril de 2013), Pier Paolo Pasolini en 1975 definía la entrada brutal del capitalismo en Italia, especialmente en la Italia meridional, de esta manera: «La sociedad de consumo no sólo ha invadido Italia, especialmente la meridional que no tenía un tejido burgués, y la ha cambiado radicalmente. No sólo la ha invadido sino que la ha destruido, en los barrios periféricos de Roma, en la lejana Puglia. Todo ha cambiado en diez años. La gente ha emigrado para adaptarse a los valores impuestos por los horrores de la televisión, de la radio y los demás medios de comunicación, de la moda, etc. […] Mis películas reflejan la nueva y horrible realidad italiana…». ¿Crees que tus novelas reflejan en lo profundo esta «nueva y horrible realidad» en nuestro país? ¿Qué crees que nos ha ocurrido en estos últimos años? ¿Cuál sería tu análisis de la situación actual?

Lo sucedido es complejo, no cabe señalar uno ni unos pocos factores, pero diría que el capitalismo ha alcanzado sus últimas posiciones y ha estado a punto de proclamar el último parte de guerra, victorioso. El mercado lo ha invadido todo, no ha encontrado apenas resistencia en su avance triunfal, y se ha colado hasta lo más íntimo. O sobre todo en lo más íntimo, más allá de las paredes de nuestras casas, tomando nuestras familias y por supuesto nuestros cuerpos y mentes. En eso Pasolini fue extraordinariamente lúcido advirtiendo la devastación que el capitalismo ya estaba dejando en los setenta. Hoy hemos subido varios escalones más desde entonces, y el capitalismo, este que hoy se dice en crisis, está dentro de nosotros, somos nosotros. Nos planteamos la resistencia como un ellos contra nosotros, el 99% contra el 1%, los de arriba y los de abajo, pero me temo que no es tan sencillo, que la línea roja no es tan fácil de marcar. Quería mirar en la novela sobre todo los años previos a la crisis, los de excedente capitalista, los de acumulación material, en los que creímos que ya no éramos clase trabajadora, y nos llamábamos a nosotros mismos cualquier cosa antes que trabajadores: clase media, consumidores, profesionales algunos. Analizar cómo llegamos a esto, qué ha pasado en el último medio siglo, excede la extensión de esta entrevista, es complejo, aunque hay autores que han sabido interpretarlo, como César Rendueles en su imprescindible Sociofobia. El vendaval que llaman crisis se lo ha llevado todo y nos ha dejado desnudos, y volvemos a vernos como lo que siempre hemos sido: trabajadores, gente que no tiene nada más para vivir que su fuerza de trabajo. Y de pronto nos sentimos avergonzados por habernos creído otra cosa, y por eso cala tan fácilmente el discurso culpabilizador, y por eso nuestra respuesta es la indignación, que acaba siendo pasiva, una forma de protesta rabiosa pero improductiva.

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En La habitación oscura se refleja la soledad, el aislamiento, el estupor, el miedo, la violencia, la desolación en suma, que parecen estar caracterizando estos últimos años. Mirando a nuestro alrededor esta sensación se multiplica. ¿Queda algún motivo para la esperanza? ¿Dónde reside?

Soy consciente de que mi novela no aporta demasiada luz, hay quien la encuentra pesimista, desoladora. Pero creo que sirve como contraste, para salir de una vez de las habitaciones oscuras y reencontrarnos a la luz, esa sería la propuesta. Reconozco que no soy optimista, no a corto plazo, pues pienso que nuestra respuesta como ciudadanos no está a la altura del ataque generalizado que estamos sufriendo, y veo que las únicas resistencias visibles no dejan de ser formas de repliegue que cada vez nos hacen perder más terreno. Pero alrededor veo también otras realidades que me hacen ser más optimista a medio y largo plazo: gente que entiende que el horizonte no puede ser la vuelta a los años previos a la crisis, que el futuro no está en el pasado, y que necesitamos una transformación que no sea sólo del sistema económico y político, sino también de nosotros mismos, de nuestras expectativas, de nuestra forma de relacionarnos; que junto a las urgencias del presente hay que empezar a hacer otras preguntas, todas aquellas que hoy pensamos que no tocan y que son las más pertinentes. Veo gente que está construyendo espacios comunes al margen (o casi) del mercado, que todavía son pequeños, locales, intermitentes, a veces efímeros, que a menudo son sólo parches ante el destrozo, pero que hacen posible esa transformación, ese cambio de mentalidad. Por otro lado, encuentro más esperanza en nuevas formas de lucha como la PAH, que señalan un camino poco transitado (y muy reprimido) en la España reciente, y hoy fundamental: la desobediencia civil. La resistencia no pasa hoy por indignarse sino por desobedecer.

Tu novela ha sido elegida por Quimera. Revista de literatura como mejor obra narrativa en español de 2013. ¿Crees que la cosecha literaria de este año ha sido buena? ¿Qué impresión tienes de los últimos años de la literatura española?

En líneas generales no tengo la mejor opinión sobre la literatura española de los últimos años. Si tomamos el todo, vemos cómo la literatura ha ido volviéndose cada vez más irrelevante, y esa irrelevancia es hoy más visible: hoy cuando la sociedad se repolitiza y se reapropia de las calles y empieza a hablar de transformar, ¿dónde está la literatura? ¿Todo lo que tiene que ofrecer son un puñado de novelas dudosamente etiquetables como «literatura de la crisis»? De la misma forma que nuestras novelas no anticiparon lo que ha acabado ocurriendo, y no supimos ver la podredumbre de los cimientos sobre los que se levantó la prosperidad, hoy no estamos sabiendo interpretar el presente. Y tampoco se puede decir que esa irrelevancia social y política se compense con un momento especialmente rico en el terreno formal, más bien al contrario. Suelo decir que nuestra literatura es hoy tan irrelevante que no tiene ni crisis propia. Cuando todo, absolutamente todo, ha entrado en crisis (la economía, las instituciones, el modelo productivo, la banca, la monarquía, el sistema territorial, Europa, el periodismo y mil etc.), nadie habla de la crisis de la literatura, porque no existe tal cosa, o si existe no importa. Algo tendremos que ver en esa irrelevancia los autores, yo incluido, claro. Por supuesto, la generalización deja fuera las excepciones, que las hay y muy importantes. Este 2013 por ejemplo hemos tenido algunos buenos libros que quedarán, como por supuesto el de Chirbes, o la última novela de Marta Sanz, que es una autora que ha alcanzado una madurez que me asombra en cada nuevo libro. Pero no es la única.

 

 

Recomendaciones de enero

La sed de sal, de Gonzalo Hidalgo Bayal (Tusquets, 2013)

La sed de sal habrá satisfecho, de nuevo, a la cada vez más numerosa legión de lectores de Gonzalo Hidalgo Bayal. Una novela que amplia uno de los universos narrativos más apasionantes del panorama literario actual. En esta ocasión, la trama gira en torno a Travel y al viaje que emprende tras la lectura de un libro que encuentra por azar en un par de ocasiones. Todo lo que sucede y los personajes que salen a su encuentro son el marco del que se sirve el autor para trazar una historia llena de caminos y significados. La sed de sal tiene la habilidad innata de esas novelas que un lector nunca abandona del todo. Otra muestra más del talento literario de un escritor ya imprescindible.

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Luis Buñuel, novela, de Max Aub (Cuadernos del Vigía, 2013)

Obra inédita de Aub que en tres meses ha llegado a la segunda edición. Laborioso trabajo de investigación por parte de Carmen Peire y de Cuadernos del Vigía, entre miles de folios que dejó Aub por publicar, y donde se da cuenta de las conversaciones que mantuvieron durante años Buñuel y Aub. Incluye además un CD con los audios de aquellas grabaciones remasterizadas para el deleite de los estudiosos de los maestros. Obra magna llamada a ser uno de los libros del año.

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SolitarioS, de José Manuel de la Huerga (Menoscuarto, 2013)

Un libro complejo que guarda en su interior dos novelas breves («Ultramarinos El pez de oro» y «Naipe de señoritas»). Ambos relatos reúnen personajes que parecen asociados por una búsqueda de la felicidad en cualquiera de sus rincones. Un juego narrativo bien cerrado dentro de unos relatos en que destaca una voz narrativa de grandísima calidad.

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El camino de Ida, de Ricardo Piglia (Anagrama, 2013)

Ambientada en una universidad estadounidense de la Ivy League (cuyas circunstancias conoce bien el autor, pues estuvo quince años impartiendo clases en Princeton), El camino de Ida, de Ricardo Piglia, aúna de forma magistral y sin estridencias la trama policial (casi thriller), el género autobiográfico, los referentes literarios y la novela de campus, en una estructura construida con materiales puramente literarios que atrapa al lector y lo traslada desde un microcosmos supuestamente apacible y tranquilo a una situación que desentraña la violencia latente en el seno de la sociedad de los EE.UU. Piglia vuelve a jugar con sus mundos cercanos a lo onírico (esencialmente literarios) y con la sutil frontera que separa la realidad de la ficción. Sus múltiples seguidores no quedarán decepcionados.

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En cualquier caso, ningún remordimiento, de Pino Cacucci (Hoja de lata, 2013)

Esta novela recién traducida al castellano cuenta la historia de Jules Bonnot, anarquista extremo que acabó en el movimiento de los ilegalistas, donde el crimen estaba consentido como forma de expropiación de los bienes para el bien individual. Apasionante biografía novelada donde se narra su periplo como obrero, chófer de Sir Arthur Conan Doyle y primer atracador que utiliza el coche como medio de huida. La prosa ágil de este libro es uno de sus mayores atractivos.

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Adiós al fútbol, de Valerio Magrelli (Xordica, 2013)

Hay escenarios que parecen antitéticos (como parecen serlo el fútbol y la literatura) pero que sólo la pericia del escritor pueden poner en conexión y dignificarlos. Este es el caso de Magrelli que en noventa pequeñas historias aprovecha el nexo del fútbol para bucear con profundidad en sus recuerdos y en sus pensamientos. Un acierto de Xordica.

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Fábulas, de Esopo (Mondadori, 2013)

Las fábulas de Esopo han sido modelo y fuente de inspiración para muchos de los autores más relevantes de la literatura y el pensamiento de todos los tiempos (Sócrates se las sabía de memoria). Mondadori nos ha ofrecido en 2013 una pequeña joya editorial, con una maravillosa traducción de Júlia Sabaté Font acompañada de las ilustraciones de Pep Monserrat. La versión que se maneja es la de Ben Edgar Perry, publicada por la University of Illinois Press. Un volumen imprescindible para conocer en profundidad a este clásico griego y su influencia en el pensamiento occidental.

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Fuera de aquí. Conversaciones con André Gabastou, de Enrique Vila-Matas (Galaxia Gutenberg, 2013)

Ya le interesaba a Vila-Matas (en el prólogo a sus Exploradores del abismo viene reflejado) el fuera de aquí, que es la última frase del relato de Vila-Matas titulado «Otro cuento jasídico», que toma «La partida» de Kafka con una leve modificación, pero sustancial. Esta frase subraya, precisamente, el interés de Vila-Matas por el expedicionario y el posible horizonte, el más allá de nuestros límites, el estar a un paso del abismo, el posicionarse fuera de aquí. Con este título Vila-Matas presenta las conversaciones con André Gabastou, el traductor al francés de su obra. Publicado hace tres años en Francia, ahora se traduce al castellano y se completa con nuevos textos inéditos y fotografías. Reúnen estas conversaciones, en una bella y completa edición, el repaso por la biografía del autor así como el análisis de cada una de sus obras, con datos importantes y clarificadores que darán nuevas pistas a los lectores vilamatianos.

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Diarios, de Alejandra Pizarnik (Lumen, 2013)

Nueva edición de los diarios de Pizarnik llevada a cabo por Ana Becciú. Transcurridos doce años desde la publicación de la primera edición diarística, Becciú nos presenta una nueva selección corregida y aumentada, con nuevas entradas; una versión definitiva que va de 1954 a 1972, más de mil páginas que recorren los deseos, temores, la soledad, el ser y el cuerpo, la angustia y la voracidad literaria de una escritora exploradora del abismo (si previamente dábamos cuenta de la obra de Vila-Matas, una lectura de los diarios de Alejandra Pizarnik pueden darnos más claves de esa necesidad de estar fuera de aquí).

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La ciudad de los pasos lejanos, de José Muñoz Millanes (Pre-Textos, 2013)

Un ensayo sobre la estancia en París durante la Guerra Civil de los llamados «intelectuales de derechas» como fueron Azorín, Baroja o José Gutiérrez Solana. Excelente documento, lleno de citas y de referencias extraordinariamente hilvanadas por el autor.

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El violín mojado, de Javier Sánchez Menéndez (Libros del Aire, 2013)

Si algo nos emociona de El violín mojado, es la manera en que su autor hace dialogar lo externo con la intimidad de quien observa y, además, escribe. Los poemas de Javier Sánchez Menéndez destilan una experiencia vivida que le sirve como punto de partida para la reflexión y el pensamiento. Un viaje que conduce al lector a través de diversos tránsitos, cortos, intensos. La forma de suceder de estos poemas, concluidos en muchos casos de manera rotunda y brillante, nos dan la pista de alguien que es, ante todo, un poeta. «Variación de Moguer», uno de los últimos poemas que integran El violín mojado, justifica por sí solo la publicación de un libro como este.

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Quimera en Madrid

El próximo viernes 17, a las 19:30 h., presentaremos el número de enero de la revista, dedicado a la literatura finlandesa, en el Instituto Iberoamericano de Finlandia (C/ Caracas, 23 bajo).

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Y el sábado 18, a las 21:00 h., en el bar-librería Vergüenza Ajena (C/ Galileo, 56), lectura de poemas y relatos a cargo de Álex Chico, Fernando Clemot, Ginés S. Cutillas y Juan Vico.

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UNA VISIÓN DE LA EDICIÓN EN FINLANDIA

ENTREVISTA CON ALEKSI SILTALA

Texto: Fernando Clemot y Carolina Figueras

Fotografías: Lauri Olander ©

Nos aconsejaron desde el primer momento que charláramos con Aleksi Siltala, nos dijeron que hablaba español fluido desde que había vivido unos años en Madrid. Aleksei es uno de los dos editores de Kustannusosakeyhtiö Siltala, sello que desde 2008 dirige junto a su hermano Touko. Siltala tiene el perfil de editorial mediana e «independiente» que nos interesaba y Aleksi fue sin duda el interlocutor perfecto.

La oficina de Siltala no estaba en el centro de Helsinki. Hubo que coger un taxi hasta llegar a Sörnäinen, uno de los barrios más modestos de la ciudad, más allá del puente de Unionkatu. El lugar que buscábamos era un edificio aparentemente residencial y allí, en un piso normal y corriente, estaban las oficinas de la editorial. Sólo una placa en el buzón indicaba la presencia de una empresa. Todo era sencillo y funcional, un espacio diáfano y unas personas trabajando, no había fotos, ni bronces ni chapas, ni grandes expositores: quizá esta fue una de las primeras sorpresas en Siltala. La conversación posterior con Aleksi Siltala nos puso al día de cómo funciona una editorial finlandesa, una visión más desahogada de lo que estamos acostumbrados, aunque quizás no tan alejada de una editorial española.

Salimos muy satisfechos de la entrevista, pero no encontrábamos el tranvía de vuelta al centro. Finalmente dos señoras rusas con las que nos entendimos por signos nos acompañaron a la parada del tranvía número siete. Helsinki no se acaba en los lahti, las dos grandes masas de agua que cierran su centro histórico, y parece que para el mundo de la edición tampoco todo se acaba ahí.

He aquí un resumen de la larga charla con Aleksi.

Imagino que tanto tú como tu hermano Touko ya habíais trabajado en ámbitos cercanos a la edición. ¿Nos podrías explicar cuál había sido tu experiencia anterior a la creación de Siltala? ¿Qué os impulsó a tu hermano y a ti a fundar un sello propio?

Hace más de veinticinco años que empecé en la editorial que entonces era la más grande de Finlandia: WSOY; todavía sigue siendo grande, aunque fue comprada por Bonniers, una gran editorial sueca, hace poco, en el año 2011. Empecé ahí como ayudante a la edición, haciendo textos, y fui posteriormente editor de no ficción durante nueve años; mi hermano también estaba ahí como editor de ficción. En 1997, WSOY fue adquirido por el grupo Sanoma, lo que llamamos ahora «una corporación media», que también publica revistas y periódicos en muchos países europeos pero que se ha fundado aquí, en Finlandia. En ese tiempo todo siguió igual, yo tuve una relación muy directa con la que seguramente es la figura más internacional de la literatura finlandesa, Arto Paasilinna, y de la que me siento orgulloso. En 2005 las cosas comenzaron a cambiar y lo que entendíamos que era la base de la edición, sus valores, empeoraron. Dejamos de tener libertad, hubo mucha administración, muchos mítines y muchas cosas detestables de las que prefiero no hablar y que antes no existían. La cultura de la empresa iba desapareciendo. De esta manera, en el año 2006 mi hermano y yo empezamos a pensar en un nuevo plan. Viajamos mucho juntos, porque no sólo somos hermanos, también somos buenos amigos, y una noche en Frankfurt lo hablamos en serio. Tomada la decisión, a la vuelta ya pensamos cómo conseguir el dinero para hacerlo; aún así seguimos con nuestro trabajo en la editorial. Dos amigos nuestros que eran autores fueron corriendo la voz del proyecto y en el 2008 me llamaron del periódico más importante de Helsinki para preguntarme si era verdad que íbamos a dejar la editorial. Les dije que era todo mentira, ¿qué podía hacer?, pero me sentí mal. Así que fui a hablar con mi hermano y le dije que teníamos que irnos, y ese mismo fuimos día al banco con un plan financiero y la verdad es que todo fue bastante bien, porque esa salida tan rápida también nos dio una cierta publicidad.

 ¿En ese primer año cuántos libros publicó Siltala?

Pocos. Hubo un periodo inicial en que tuvimos que arreglar todo, afianzarnos, y sólo a finales del 2008 empezamos a publicar, creo que empezamos con tres o cuatro libros: dos novelas, un ensayo y una parodia de Paulo Coelho que tuvo mucha aceptación.

¿Cómo situaría a Siltala dentro del ámbito de las editoriales finlandesa?

No somos una editorial grande, es evidente, pero tampoco pequeña. Tenemos en este momento cinco autores incluidos en la lista de los más vendidos y también varios nombres de gran importancia como Hannu Raittila, que ganó el premio Finlandia en 2001. Ahora sacamos una novela Tuomas Kyrö, que es un escritor que incide mucho en lo humorístico. También tenemos a Kari Hotakainen, que en España ha publicado con la editorial Metok. Estos tres libros son la base de nuestra colección de ficción. Nuestra lista viene a ser de unos veinticinco o treinta  libros al año. Tenemos dos colecciones: una de ficción, bastante literaria, con traducciones y autores finlandeses, y otra de no ficción, en la que hay mayoritariamente libros de historia, autobiografías, un poco de política, pero sobre todo narrativa histórica. No publicamos ni libros infantiles, ni juveniles, ni de cocina, y hasta ahora también muy pocos libros ilustrados; o sea, que hacemos cosas bastante tradicionales, como nosotros queríamos. La idea ha sido siempre mantener todo lo que publicamos bastante controlado porque únicamente somos cinco personas: tenemos una editora, un diseñador gráfico o jefe de arte y un chico que lleva las ventas. Y claro, siendo tan pocos no podemos sacar cincuenta libros al año. Nosotros no podemos pagar por un anuncio en las revistas, lo que hacemos es presentar los libros a los periódicos, a los medios, aunque tampoco cada día, porque si insistes continuamente luego no te hacen caso. Otra de las ventajas es el contacto directo: si un autor quiere trabajar con nosotros, con una llamada basta, se habla, no hay intermediarios, en eso somos muy transparentes. Creemos que esto es una ventaja, ya que en una editorial grande, con muchos departamentos, al final es imposible controlarlo todo y que salga como tú quieres, e incluso a veces para el autor es muy difícil llegar a conocer al editor. No hay control sobre lo que editas, y esa es la ventaja de una editora pequeña. Porque cuando uno empieza una pequeña empresa hay que aprender de todo, cómo hacer la distribución, de donde sacar los muebles, etc. El primer año éramos mi hermano y yo nada más y en ese tiempo aprendimos mucho. Con el tiempo también hemos ido adquiriendo derechos de libros extranjeros y creo que tenemos un buen catálogo de traducciones, con autores como David Foster Wallace, Milan Kundera, Céline, César Aira, Rivera Letelier, etc.

Según su experiencia, ¿cuáles son los temas que en este momento interesan más al lector finlandés?

Creo que la historia. También nos hemos dado cuenta de que con el tiempo ha ido ganando mucho peso el tema de Rusia. Como ya saben es un país con el que hay una relación complicada, la historia ha hecho difícil esta relación, y sin duda lo que allí pasa nos interesa mucho. Rosa Liksom, por ejemplo, una de nuestras mejores escritoras, le da una gran importancia a este país en su narrativa, y nosotros este año publicamos varios libros que hablan de la realidad inmediata e histórica de Rusia. Es curioso cómo ha cambiado la imagen que había de este país: cuando yo era pequeño se decía que tuvieras cuidado si te cruzabas con un ruso por la calle. Había recelo, un recelo extremo que con el tiempo ha ido variando hacia un gran interés. Nos hemos ido conociendo mejor. Incluso en las calles de Helsinki se escucha hablar más en ruso que en sueco, es un turismo muy pujante, puedes ver muchos rusos en la calle, en los hoteles y, sobre todo, en la rebajas de Stockmann[1].

Profundizando en el tema, ¿qué tipo de mirada crees que los autores finlandeses tienen sobre Rusia?

Creo que hay mucho romanticismo en eso, se ve por ejemplo en lo que escribe Rosa Liksom, aparecen tipos duros que están en el campo, personas que beben mucho vodka y cuentan sus historias. Sigue sin aparecer todavía un tipo de ruso educado, bien formado, que habla idiomas, que viene a trabajar y que compite profesionalmente. Me temo que la imagen que tenemos aún es un poco estereotipada. Se funciona con estereotipos, igual que hasta hace poco se tenía en Finlandia la imagen del escritor como un borracho. Esto ha cambiado, por suerte ha surgido una imagen más normalizada del escritor, más seria y más profesional, especialmente en las nuevas generaciones.

Recientemente Siltala estuvo en la FIL de Guadalajara. ¿Qué impresión se tiene del mercado editorial español e hispanoamericano?

Fui yo mismo, sí: hablaba español y eso era una gran ventaja. Quería buscar algo nuevo y lo mejor que saqué de esos días es que pude obtener los derechos de Juan Rulfo. También vi que Guadalajara era una feria muy profesional. El mundo editorial en México es totalmente distinto de lo que yo pensaba, y la presencia de recursos es muy abundante. Los puestos de la feria eran lujosos, potentes, y mostraban con mucha profesionalidad los libros que se exponían. Me sorprendió que estuviera tan fuertemente subvencionada por el Estado. Una parte de las ediciones de cada libro esté comprada por el Estado para distribuir en librerías y bibliotecas, ese es un buen camino que aquí ya no existe. En México tienen todavía un concepto proteccionista de la cultura. Por ejemplo convierten a los escritores en diplomáticos. Se respeta la cultura.

Sabemos poco de la geografía de la edición en Finlandia. ¿Se centralizan las editoriales más importantes en Helsinki, o también en otras ciudades se pueden encontrar editoriales importantes?

No, fuera de Helsinki no hay grandes editoriales, todo está centralizado en la capital y su área metropolitana. Como excepción, por ejemplo, en Turku o Tampere hay dos o tres editoriales interesantes, pero muy pequeñas. También hay que tener en cuenta que casi el cincuenta por ciento de la población está en el sur de Finlandia.

¿Ha afectado la crisis al mercado editorial finlandés? ¿En qué medida? ¿Qué apoyo da el Estado a la edición?

El apoyo directo a la producción no existe, dejó de existir en los años noventa. Ahora existe un apoyo por parte de FILI a las traducciones, que no llega al total del gasto pero ayuda. También nos ayudan si publicamos algo sobre un país extranjero. Aquí en los últimos cinco años las cosas han cambiado mucho. La editorial más grande (WSOY) fue vendida a Bonniers, la gran editora de Estocolmo de la que hemos hablado antes. Eso fue ya un síntoma de cómo andaban las cosas. Todas las personas clave han cambiado de puesto, y han desaparecido más o menos un treinta por ciento de los empleos del sector. Es una crisis evidente, las ventas han bajado en los diez últimos años, no demasiado, pero sí se nota de año en año un descenso continuo y preocupante.

Se calcula que en el mercado español ya hay entre un cinco o un diez por ciento de ventas que se hacen a través del formato e-book, aunque los datos oscilan mucho. ¿Cómo está resultando la implantación de este nuevo formato en el mercado finlandés?

Insignificante. Vendemos libros para plataformas muy variadas con formato e-book, este es el problema, que no existe una plataforma única que pueda recoger todos los libros de las colecciones. En nuestras ventas esto viene a representar un uno por ciento o un poco menos de las ventas.

Dentro del mercado finlandés existen algunas editoriales que publican sueco (unos 300 000 finlandeses tienen el sueco como primera lengua). ¿Qué facilidades y dificultades tienen estas editoriales?

Hay dos editoriales grandes que publican en lengua sueca y sus dueños son sus principales apoyos, sin ellos no podrían funcionar. Hay un capital privado que las sostiene, si no fuera así no aguantarían. Es algo lógico. Nosotros, por ejemplo, hemos hecho libros biográficos de los patrones de una gran empresa de papel finlandesa, dos biografías redactadas por historiadores prestigiosos que fueron pagadas por el fondo de la papelera. Nosotros producíamos el libro y hacíamos el marketing, y a cambio ellos compraban cierta cantidad de libros. Esta es una forma de hacer negocio para todos, aunque sólo la ponemos en práctica de tarde en tarde. Es rentable y permite seguir adelante.

Siltala sería sin duda un perfil atípico dentro del mundo de la edición española… ¿Cuesta mucho trabajar codo a codo con tu hermano?

Aquí es normal lo de las compañías familiares, como es el caso de Otava, una de las grandes editoriales junto a WSOY y Teos, fundada en el siglo pasado y que siempre la ha dirigido una familia. Quizás cuando llevemos treinta años nos habremos matado o nuestros hijos se pelearán… Es difícil conocer el futuro. Pero no, de momento nos llevamos muy bien y ha sido todo muy fácil. Somos dos buenos amigos.


[1] Grandes almacenes situados en el distrito centro de Helsinki, en la Aleksanterinkatu, frente a la gran avenida Mannerheimnintie.

Nº 362: enero de 2014

portada enero

FOTO DE PORTADA: fernando clemot ©

 

SUMARIO

El salón de los espejos

Entrevista a Jacobo Siruela, por Sergi Bellver

siruela

El cielo raso

Dossier: Literatura finlandesa

(Coordinador: Fernando Clemot
Ilustraciones: Miquel Rof)

Jyrki Nummi. El cisne y el bardo: lo europeo y lo local en la literatura finlandesa

Elsi Hyttinen. Leer es poder: los primeros años de la literatura obrera en Finlandia

Obreros finlandia v3s

Fernando Clemot y Carolina Figueras. Una visión de la literatura en Finlandia: entrevista con Aleksi Siltala

Evan Wright. Las dicotomías ecológicas de Arto Paasilinna en El año de la liebre

Fernando Clemot. Entrevista a Riikka Pulkkinen

(C) Juoni Harala

Con Rosa Liksom en el Bellevue

Entrevista a Matti Rönkä

Silja Vuorikuru. Una aproximación a la obra de Sofi Oksanen

press_sofi_2008_2

La vida breve

Relato inédito de Inés Mendoza

Los pescadores de perlas

Microrrelato inédito de José María Merino

El castillo de Barba Azul

Tres poemas de Stephen Dunn

(Traducción: Andrés Catalán)

La voz humana

Entrevista a Laila Ripoll, por Iván Humanes

2. Santa Perpetua - (C) David Ruiz

Einstein on the Beach

Ángeles Encinar. Apuntes sobre la cuentística de tres escritores actuales: José María Merino, Julia Otxoa e Ignacio Martínez de Pisón

El ambigú

Rebeca García Nieto: Lisboa song de José Vidal Valicourt

Rubén Castillo Gallego: El libro de los pequeños milagros de Juan Jacinto Muñoz Rengel

Anna Rossell: En tiempos de luz menguante de Eugen Ruge

Ernesto Castro: El sermón sobre la caída de Roma de Jérôme Ferrari

Marina P. de Cabo: Colegiala de Osamu Dazai

Álvaro Valverde: Patrick Leigh Fermor, una aventura de Artemis Cooper

Cubierta Cooper

José Antonio Vila: Imágenes del desencanto de Pedro Pérez del Solar

Alejandro J. Ratia: De cine. Aventuras y extravíos de Eugenio Trías

Gemma Pellicer: La más cruel de las certezas de Mario Pérez Antolín

Raúl Quinto: Limbo y otros poemas de Ada Salas

Francisco José Martínez Morán: Las horas sumergidas de Jorge de Arco

Ioana Gruia: La lluvia de Antonio Rivero Taravillo

Agustín Calvo Galán: ¿Por qué hay poemas y no más bien nada? de Ángel Cerviño

El pianista

Entrevista a Fernando Martínez y Mónica Sempere, de la librería Diarium (Barberà del Vallès, Barcelona), por Ginés S. Cutillas

El apuntador

Luisa Gutiérrez Ruiz. Pasen y lean

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El tercer acto

Troles, de Juan Carlos Márquez

El escarmiento, de Julia Otxoa

Prosiguiendo el hilo, de Rolando Sánchez Mejías